Hoy tuve una charla de esas profundas, sobre la vida y lo que vendrá. No es la primera y espero que no sea la última, pero esta tuvo un escenario especial: en plena noche (tal vez entre las 10 y las 11) y en medio de la calle. En realidad la empezamos en el local en el que cenamos, pero los bancos estaban demasiado próximos para estar hablando de cosas tan personales. Después nos sentamos en un portal, mientras esperábamos a que unos amigos acabasen de cenar, pero nos fuimos tras recibir la mirada inquisidora y cotilla de tres señoras muy bien vestidas que pasaron por nosotras. Entonces decidimos irnos con la música a otra parte y acabamos sentadas en un banco (quizá el más iluminado) delante de un mini campo de fútbol en el que había una masa de hombres jugando y alguno que otro intentado escuchar (es impresionante lo cotilla que es la gente). Y esa fue nuestra última parada.
En cuanto al tema de la conversación, empezó por una mala noticia que yo recibí ese día (ya subsanada, por cierto) y por mi necesidad de abrirme más a la gente; pero derivó en planes de viaje por carretera, en el miedo al futuro y en cómo nos sentimos todos en este momento de nuestra vida. Lo que yo decía, una conversación muy profunda.
Para todos los Holden Caulfield del mundo:
Dá igual, o caso é que eu imaxino a moitos nenos xogando no medio dun gran campo de centeo. Miles de nenos pequenos e ninguén por alí, ninguén maior, quero dicir, agás eu. Eu estou ó borde dunha barranqueira e o que teño que facer é coller a calquera neno que poida caer por alí abaixo, quero dicir que se están correndo e non miran por onde van eu teño que vir e collelos. E iso é o que faría todo día. Sería o vixía no centeo. Xa sei que parece unha parvada, mais é a única cousa que de verdade me gustaría ser.
J.D. Salinger, O vixía no centeo
No hay comentarios:
Publicar un comentario